Por Javier, Paúl y Efraín, todos los golpes

Respiro profundo. Ya lo he decido. Voy a hacerlo porque necesito, en cierto modo, reaccionar a esto que ha sido como entrar a un ring sin haber querido.
Nos golpearon tanto y aunque ya sabemos que están muertos -que nos los mataron- nos siguen golpeando.
Estamos rotos pero hay amor y es lo único que nos mantiene fuertes.
El primer golpe fue la noticia que llegó la madrugada del lunes. El secuestro.
Javier era brillante y bastaba conocerlo solo un poquito para saberlo. Don Segarrita un alma amable y Paúl -dicen- un buena gente, un eterno adolescente.

Desde ese lunes #NosFaltan3 y siempre será así. Siempre los 3.

Sus amigos, compañeros, hermanos, padres, hijos, colegas y amadas sabrán decir más de ellos. Y ya lo han hecho.

Nuestros muros en redes están repletos de amor por ellos. Y seguimos porque aún no los tenemos de regreso, no tenemos los cuerpos de los que ahora son nuestros 3 muertos. Nosotros los queríamos vivos.
Desde el primer día nos volvimos un manojo de esperanza, porque no era solo un equipo periodístico. Era que se llevaron a un pedazo de la familia, a tres de nuestros amigos. Tal vez no lo sabían, tal vez en otras profesiones no es así. Qué sé yo. Es una pena que desde afuera se enteren así, que los periodistas nos sentimos como familia. Mejor dicho, somos familia, una hermandad.

El segundo golpe. El Ministro César Navas (el Gobierno) dijo – y nosotros los periodistas incompletos tuvimos que oírlo para contarlo al país- que disque ellos advirtieron a nuestros amigos que si pasaban el último retén, era bajo su propia responsabilidad. Hijueputas. ¿Le están echando la culpa a los chicos?

El tercer golpe fue algo así como daño colateral a este. Comenzamos a escuchar a gente, mucha, que se hizo al discurso de Navas. Que para qué se metieron, que qué imprudentes, que si “así son ellos, que se meten dónde más pueden y no les importa nada”.

Esos dos golpes llegaron juntos y no sabíamos que venían más. Hubo quienes trataron de bloquear el golpe, pero ya estaba dado. Yo no pude, no quise, qué dolor.
Yo no le creo al Gobierno y cuando escuchaba a esa gente, pensaba: ‘cuando vuelvan los chicos van a contar la verdad, y el Gobierno que lo hace todo mal va a quedar al descubierto’. Pensaba en que Javi iba a escribir un libro contándolo todo. Pero no se pudo. No volvieron. Aún no vuelven.

¿Cómo se hace entender a esa gente que el Gobierno debía garantizar la seguridad de nuestros tres compañeros, colegas, amigos, hermanos? ¿Cómo entender que en una zona que supuestamente estaba con alto control por las explosiones previas en Esmeraldas se los hayan llevado?
¿Cómo haces para decirle a todos esos que los culpaban del secuestro, que ellos fueron a hacer el trabajo que tienen que hacer los periodistas (contar las historias de la gente para la cual existe la prensa)? ¿Si no es la prensa quién? ¿Quién? ¿Quién más? Quién sino nosotros, pero ya sin nuestros tres.
Ha pasado en México, en Colombia y ahora en Ecuador. Los narcos secuestran periodistas y aún así seguimos saliendo a trabajar.

El cuarto golpe, canalla. Como los primeros días no se dijeron los nombres de nuestros tres-por recomendación del Gobierno- comenzamos a escuchar a personas segurísimas de que esto era un show. Se burlaban de nuestro dolor. Vi publicaciones de ese tipo y vi comentarios de gente que decía que lo merecían, porque somos prensa corrupta. Dios mío, ¿así tan bajo? Hasta me cuesta escribir esto para contarlo.

Hay gente que se quedó con esa idea que Correa se encargó de sembrar en 10 años: que los periodistas somos malvados. Él se fue y dejó a un montón de gente que ahora nos odia o por lo menos que nos desea el mal.

Pero en medio de esos golpes, las vigilias, los tuitazos y los videos de gente buena y linda pidiendo que nos los regresen. Los stickers, las pancartas, las oraciones. Todo eso y la fe. Todo siempre como familia, haciéndolo todo porque queríamos y sin que alguien nos lo pida.

Salimos siempre con recursos propios y al final de la jornada de trabajo. Leí que alguien decía que los medios queríamos imponer nuestra agenda con esto del secuestro. No eran los medios, éramos nosotros, los humanos a los que muchos solo ven como periodistas.
La agenda era simple, ir a la Plaza Grande a que nos escuche el Presidente y que haga algo para traerlos. Y los gritos y las lágrimas eran desde el corazón de un grupo de amigos.

Entonces llegó de nuevo un golpe. Van cinco. La prensa Colombiana difundió un video de nuestros tres. Estaban encadenados como si fueran perros con rabia. Terror y dolor. ¿Cadenas para qué? Parecía que no podíamos más, verlos así, con la tristeza apoderada en las miradas, demacrados, pidiendo que los salven.

A mis 27 años mi mamá se afana por mis gripes y mis fiebres porque sabe que me olvido de tomar las pastillas. Mostrarle a una madre a su hijo así, con cadenas, debe ser cono herirla en el pecho y no sacar la daga. Es dejarla con el dolor ahí, sin apagarse por siempre.
Pero por lo menos sabíamos que estaban vivos y había esperanza. Nos preguntaban: ¿qué se ha sabido de los amigos? La respuesta: De nuevo, nada.

Y así los días y la Plaza Grande parecía quedarse con menos gente. Planeábamos dosificar las salidas si es que se cumplía un mes y no los devolvían, pensábamos hacer algún concierto por la causa y nos mandamos a hacer camisetas. Hablábamos de ellos todos los días, los pensábamos, los queríamos tanto. Los queremos para siempre.

El sexto golpe nos agarró el día 17. Un supuesto comunicado decía que los habían matado. La piel de gallina, el corazón acelerado, las lágrimas y a repetirnos unos a otros: “No. Dios no lo permita”. Teníamos miedo, pero no nos la creímos.

Ese día yo me levante con un versículo de la Biblia en la cabeza: “Yo soy Jehová tu Dios que te esfuerzo. Siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia”.
Esa noche fue más gente a la Plaza y a alguien se le ocurrió un nuevo grito: “Nadie se cansa, hay esperanza”. Lo gritamos muchísimo más que cualquier otra consigna de las que ya nos habíamos adueñado. Claro, porque eso era lo que nos había movido cada día: la esperanza de volverlos a ver. Ese día también vi a la mamá de Javier llorar cuando gritábamos ” hay esperanza”.

El séptimo golpe, las fotos. Y luego los imbéciles que las compartían en redes sociales. Nosotros todo el rato: ‘No son ellos, no son, no son, no son’.
El papá de Javier, el hijo de Segarrita y el hermano de Paúl estaban en Lima intentando hablar con Juan Manuel Santos, pero esa noche se regresaron con el Presidente de urgencia. Los medios colombianos, de nuevo, lanzaron sus bombas (noticias) sin datos de fuentes oficiales: Daban por hecho que estaban muertos.
Entonces, las horas muertas. Las horas de aguantarse el llanto o disimularlo en la redacción. La hora de la fe. Le pedimos a Dios, como los otros días, que nos los traiga vivos. Que las fotos sean falsas.

Llegó la noche. El discurso de que las fotos “no son contundentes” no fue el octavo golpe.
El octavo golpe fue ver desde la redacción del diario, en la televisión, a los chicos -a nuestra familia de El Comercio, de Ecuavisa, de El Telégrafo, de otros medios y hasta de la Secom- llorar frente al indolente, a César Navas. Y no solo llorar, fue verlos hacerse pedazos ante las cámaras, caerse de rabia, abrazarse y no poder más. Sabíamos que nos quitaron a nuestros 3.

Y así salir a la Plaza Grande. Lenín Moreno les dio 12 horas a los captores para que presenten pruebas de vida. Noveno golpe. ¿Qué pruebas de vida si ellos ya lo sabían? Lo sabían, no nos mientan. Nos mintieron y no los tenemos de vuelta. Fue alargar el dolor del golpe hasta el día siguiente.

Los mataron. Creo que eran las 12:40 del viernes. Todo se fue a la mierda. No importaba nada, ni la recompensa, ni las comitivas. Ellos no hicieron nada y ahora tenemos que esperar que nos devuelvan 3 cuerpos. Canallas.

Lo más feo de las pesadillas es que uno no puede despertar. Eso nos pasa. Esto no termina. El décimo golpe. Nos están atacando por haber hecho todo lo que hicimos por nuestros 3, que estaban vivos y así los queríamos. Por las vigilias, por las oraciones, por los carteles, por las oraciones, por los stickers, por los tuits. Nos señalan y hablan de cuatro soldados muertos. Y nos critican utilizando como excusa que “todas las vidas merecen la misma importancia”.

Javier, Efraín y Paúl murieron porque estaban cubriendo lo que pasa en la frontera, porque este medio y otros, le dieron importancia a la muerte de los cuatro soldados y estaban en terreno, haciendo la reportería que permite que el país se entere de lo que pasa más allá de sus narices. La familia de los cuatro soldados no vivió ese proceso en el que a golpes a uno le arrebatan la esperanza de tener de nuevo a los seres amados secuestrados. La familia de los cuatro soldados tiene ya sus cuerpos.

Cuando mi papá, militar en servicio pasivo, supo que habían matado a nuestros amigos, me consoló. Él había visto las fotos de los tres y antes de que yo vea los comentarios en redes de la gente comparando a nuestros periodistas con los militares, supo decirme lo que yo quisiera que todo aquel que nos critica escuche:

-Mija, a nosotros en el cuartel nos entrenan para eso. Estuve en un cuarto de prisioneros, es horrible. Es como entrenamiento para enfrentar un secuestro y ahí uno lo que hace es tratar de escaparse. Solo eso porque se sabe que esos son delincuentes y que uno es un estorbo para ellos, que en cualquier rato lo que van a hacer es matar-.

-Papi, a nosotros no. Los chicos no estaban entrenados para eso. Pa, a nosotros no nos enseñan nada de eso, ellos tenían miedo, yo tengo miedo-le dije y me deshice en llanto.

Quizás vengan más golpes. Pero los queremos tanto, que nadie se cansa. Es que siempre, siempre, siempre nos van a hacer falta.

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