El acento

Ya son dos meses desde que regresé a vivir a Quito. Hace 15 años que me fui. Viví allí los primeros años de los que tengo memoria, o sea, desde los cuatro o cinco años más o menos.

Del día que dejé Quito tengo dos momentos claros en la mente: el pollo mal frito que almorcé luego de hacer mi maleta y, más tarde, a una de mis tías con los ojos lagrimosos, despidiéndose en la puerta de la que hasta ese día sería mi casa. Cuando me fui yo también lloré.

Ahora que he vuelto me preguntan de donde soy. Nunca es fácil responder.

Cuando dejé Quito tenía 11 años,  el destino fue Guayaquil, y entonces también preguntaban eso que el acento delata siempre: que uno es foráneo.

¿Uno es de donde nace o de donde crece? No lo sé.

De cuando llegué a Guayaquil también tengo un recuerdo claro: El puente sobre ese río inmenso y el calor entrando por las ventanas. Nunca aprendí el himno de Guayaquil y solo me acuerdo algunas partes del de Quito.

A veces, si hay tiempo, explico que en realidad nací en la Costa, en Pasaje, el pueblito pequeño en el que mi mamá me dio a luz y en el que, desde que tengo memoria, nunca he pasado más de una semana.

Mi papá, quiteño, se llevó a mi pasajeña madre a vivir allá, por eso nunca viví en Pasaje.

De Pasaje solo conozco  la casa de mis abuelitos, el parque lleno de piletas con su iglesia anaranjada, el brazo de río en el que una vez vi nadar una rata y la casa de dos de mis tíos.

En la infancia, Pasaje para mí era la casa de mis abuelitos con la televisión que solo tenía dos canales y las conversaciones y juegos fugaces con los primos que cuando crecieron ya no paraban bola. Pasaje era un par de días de feriado, los pasteles de mi abuelita, los chicharrones de mi abuelito y los paseos en el parque.

Mi abuelita ya no está y es como si mi abuelito estuviera incompleto.

Para mí Pasaje está incompleto sin ella.

Mi vuelta a Quito ha sido complicada. Ya me dio indigestión, entumecimiento de espalda y una tos que me está matando desde hace una semana.

El clima se burla de mí y de mi elección de indumentaria todos los días: cuando parece que va a hacer full frío, sale un tremendo sol y cuando parece que va a quemar el sol, hace frío o llueve…se cae el cielo. Me acostumbré a que en Guayaquil el calor es constante.

Me pierdo por lo menos dos veces a la semana, y no me importa que me digan que es fácil ubicarse porque la ciudad es larga. En Guayaquil a los buses uno los identifica por números, acá tienen nombres largos que nunca alcanzo a leer a tiempo.

El otro día que me perdí una amiga del trabajo me decía: “camina más hacia el norte”. Pero es que yo no sé para dónde es el norte ni para donde es el sur. Y no sé de qué montaña me hablan cuando me sugieren tomarla como punto de referencia.

Cuando uno es niña solo sale con los papis, así que cuando yo salía en Quito, en la infancia, era un paquete más que mis papás trasladaban, por eso no me ubico ahora que he vuelto.

En algún momento, en estos 15 años, Guayaquil y su acento me ganaron.Es que el acento siempre puede conmigo. A veces extraño desayunar bolón, patacón o verde majado. Añoro las calles amplias, los puentes a desnivel y que en Guayaquil el semáforo en amarillo significa que está en verde. Eso y que en Guayaquil los autos van a mil.

En Guayaquil me enamoré por primera vez. En Guayaquil me hice periodista. En Guayaquil me bauticé en la religión evangélica. En Guayaquil están las amigas, las mejores, las que son para siempre.

Desde que volví a Quito, a veces digo que soy de Guayaquil. Hace 15 años, cuando llegué a Guayaquil decía que era de Quito. No me vuelvan a preguntar de donde soy, por favor.

Han sido dos meses de escuchar con paciencia los microregionalismos.

El otro día una compañera de trabajo hablaba pestes de su ex, el papá de su hijo. “Tenía que ser mono”, dijo. Le tomó dos segundos acordarse  de que estaba sentada frente a mí, una mona, y se disculpó. No me molesta tanto que a los costeños nos digan “monos”. Me incomoda que piensen que los defectos de una persona lo son porque es costeña.

Y he tenido además que defender al gran Guayas y a su gente cuando alguien lo injuria. “Qué feo que hablan los costeños, son como groseros”, dijo otra compañera de trabajo el otro día.

Andrés Crespo la hubiera puesto en su sitio, pero yo tengo reacciones tardías así que no le dije nada.

Trato de minimizar esos episodios. Quito tiene un pedazo de mi corazón porque es aquí donde mi papi nació. Aquí vive y ahora cuida de mí la única abuelita que me quedó.

Quito para mí es la infancia feliz.

Recuerdo los abrazos de mi mami cuando usaba ese poncho gris que ahora uso yo porque sino el frío me parte.

El pan inigualable. Ir a patinar a Fundeporte. La colada morada de mi abuelito que también se fue. Esta ciudad también está incompleta sin él.

Quito es para mí las tardes viendo Digimon de cabeza después de hacer los deberes. Literal, de cabeza, porque cuando era niña me gustaba levantar los pies y ver de cabeza la tele.

Los días en los que mi hermana y yo jugábamos en ese terreno abandonado al que llamábamos “el potrero”, en Chillogallo. Ahí  en donde una vez encontramos un enredo de alambre al que adoptamos como mascota y le pusimos de nombre “Panampro”.

Las mañanas caminando a la escuela, huyendo de los gansos endemoniados que el vecino sacaba a pastar y que nos perseguían como locos.

Quito es un recuerdo que ha vuelto.

No sé de donde soy y no sé qué le pase a mi acento.

Al final, uno es de donde fue feliz. Yo soy de tantas partes, algún día les contaré bien.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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