La historia de una estrella

Ella era una estrella de destellos majestuosos.

Era amarilla, poderosamente. Luminosa, escarchada, deslumbrante.

Era como magia. Estaba llena de tanta luz, tanta.

Y brillaba, irradiaba.

Esta era una estrella que de pronto se desvaneció del cielo morado en el que vivió durante aquello que en la tierra llaman tiempo. Así, sin más ni más, cayó.

En el cielo morado no conocían el tiempo. Allá arriba solo había presente, así que la estrella amarilla y resplandeciente vivió ahí  y fue completa—siendo una más del firmamento que se estampaba en ese espacio celestialmente morado— hasta el instante mismo en el que se desplomó.

Hubiera dicho que en su cielo la estrella era feliz, pero la verdad es que allá tampoco existía lo que en la tierra se piensa que es la felicidad. Existía la plenitud, estar lleno. Ella lo era, lo estaba.

Y estando completa y llena se estrelló. Y el cielo la extrañó tanto, que sin ella nunca volvió a tener su majestuosa tonalidad morada.

Fueron tantos —¿tal vez miles?— los pedazos de estrella que explotaron sobre esa superficie dura, ajena y fría; de colores raros, tan lejanos a su hermoso morado.

Pobre de ti, estrella. ¿Qué pensabas mientras caías? No tuviste tiempo de extrañar, de avisar que te ibas. Te estrellaste y ni si quiera alcanzaste a llorar. El firmamento no sabía y ya no estás.

La estrella despedazada, vuelta polvo lejos de su cielo —su amado— ya no era más estrella. Ya no podía brillar.

¿Qué es una estrella si la luz se le apaga?

Aunque ya no era más estrella y no sabía lo que era, ella siguió. Siguió porque no había otro camino, siguió aunque tenía la luz quebrada y la escarcha vaciada.

Siguió, pero buscaba un nuevo espacio que la contuviera con lo que de ella quedaba.

Y encontró eso que en la tierra llaman cuerpos y los llenó. Nadie sabe si los eligió al azar. Tal vez buscó a aquellos que le recordaban más a su cielo perfecto al que nunca volvió.

Aunque partida, incompleta y vacía, la estrella no murió. Viva, escondida en esos cuerpos, podía seguir añorando su cielo, soñando.

Miles de cuerpos ahora la contenían y se multiplicaban.

La estrella está triste, se siente ajena.

La estrella está en la tierra, pero sigue incompleta.

La estrella extraña, siente que no pertenece.

Tanto tiempo ha pasado y hoy no se sabe de ella como una estrella. En la tierra le inventaron un nombre, le dicen depresión. Pero el cielo y yo sabemos que sigue siendo ella.

Y son 300 millones —más quizás— de cuerpos humanos los que ahora andan por ahí con ese pedazo de estrella. Son 300 millones de deprimidos, diría una organización cualquiera.

Son personas tristes como ella. Para ellos tampoco parece existir el tiempo.

No importa que todo parezca estar bien en la tierra y en la vida. Algo falta, algo extrañan, algo no calza. Y no es por ellos, y no hay nada que puedan hacer al respecto.

Dicen en la tierra que eso es depresión. Pero todo es por tu causa, estrella pequeña.

Tienen esa sensación de vacío que desespera, pero es porque fueron elegidas por ella.

Algo no está bien, se dicen. Lloran.  ¿Qué es?

Es como si tuvieran atravesado un grito que no sale. Es como si la tristeza no acabara nunca, sino que solo a veces durmiera.

Están deprimidas, dice la ciencia.

Es que extraño a mi cielo,  dice la estrella.

 

*La imagen que acompaña este post es una ilustración de la serie “La Muchacha y la estrella”, de Nicolás Vilela (@nicoilustraciones en Instagram).

*Según la Organización Mundial de la Salud, la depresión es un trastorno mental frecuente que se calcula afecta a más de 300 millones de personas en el mundo. La depresión afecta más a la mujer que al hombre.

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