Carta abierta a la chilena racista en Salcobrand

No sé su nombre, señora, pero siento que no me olvidaré de usted jamás. Es que no puedo.

No me olvidaré de la expresión de su rostro, su mirada era odio y sus gritos solo acompañaban el sentimiento que se le desbordaba por los ojos.

Me erizó la piel usted.

Pero, ¿y ellas?

Las dos vendedoras extranjeras de la farmacia Salcobrand a las que usted mandó con histéricos alaridos a que se regresen a su país, esas a las que usted trató de “putas que abren las piernas para que se la metan por culo”, ellas no tienen rostro.

No pude ver sus ojos, ellas no aparecen del lado de la cámara en el video del que usted es protagonista, que circula por internet con el título de: chilena racista en farmacia Salcobrand.

Si yo hubiera podido mirarlas a las ojos, si hubiera podido ver la expresión en sus rostros, me pregunto, ¿qué hubiera visto?

¿Sabe qué señora? No, pensándolo bien, no.

Yo no necesito verlas o conocerlas, porque sé que ellas son como yo. Porque cuando vi el video sentí que era yo quien recibía su grito histérico de “¡váyanse a su país!”

Porque, como ellas, yo no nací aquí. 

Cómo viene usted a decirles -a decirme- que regrese a mi país. Como si no fuera suficiente la tristeza de acostumbrarse a vivir con el corazón incompleto, con la familia que ya no nos abraza sino solo a través de la voz en un mensaje de Whatsapp.

Cómo viene usted a gritarles –a gritarme- que regrese a mi país. Como si no doliera extrañar el olor de la cocina de mamá, como si no fuera suficiente lidiar con el pavor de pensar que si alguien se nos muere por allá, Dios no quiera, no podremos estar. Que si es al revés ellos tampoco podrán.

Qué sabe usted de lo espantoso que resulta soñar que murió papá y estar lejos, tan lejos que un par de pasos a su habitación no bastarán para comprobar que sí, que ahí está.

Es horrible extrañar y querer, pero no poder volver.

Qué sabe usted de lo amargo del adiós en la terminal, en el aeropuerto, o en la puerta del hogar. Es amargo, señora, mucho. Sobre todo cuando se sabe que quizás uno no volverá. Duele, señora, usted no sabe, tener que llorarle a un teléfono y no a los brazos de ese ser que uno adora.

Qué sabe usted de lo complicado que resulta hacerse entender en un país en el que uno es el que habla raro. Y esforzarse en vano.

No sabe lo molesto que resulta tener que responder a cualquier desconocido que si porque uno vino, que si uno se quiere quedar, que por qué nos queremos quedar, que por qué pensamos que Chile está bien económicamente ‘si el país está pa’ la cagá’.

Señora,  cómo viene usted a gritarnos que somos putas, cuando ya es lo suficientemente frustrante darse cuenta de que uno dejó de ser Ana, María, Patricia o Karina, y que uno pasó a ser la ecuatoriana, la colombiana, la venezolana, la haitiana, que uno ya no es uno, que uno aquí pasó a ser un país.

Por eso, señora, sabe qué, no me regreso a mi país porque mi país soy yo.

Yo y mi acento. Yo y mis carcajadas incontenibles. Yo y mis ganas de hablar en voz alta en el metro. Yo y mi bandera pegada en la pared de mi cuarto. Yo y mis patacones. Yo y mis arepas. Yo y mi maquillaje vivaracho. Yo y mis ganas de regresar a la tierra en la que se me quedó una parte del corazón.

Yo y ellas, las cajeras a las que usted humilló, somos nuestro país y usted, pobrecita, no tenía idea de que vinimos con nuestra patria hasta aquí. Y no, no nos vamos a ir.

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Cuentos de amor volumen 1

El rollito de papel

Sábado de tarde soleada. Acepté ser niñera con pago de por medio por primera vez. La bebé de gigantes ojos grises  y yo estábamos aburridas y salimos al parque.

Mientras caminábamos, ella recogía hojas y yo miraba al suelo para que no  se tropezara, se lastimara o muriera, no puedo ir presa en este momento de mi vida que estoy lejos de casa, pensaba.

Entre el pasto y los bichitos alcancé a ver un pedazo de papel enrollado, como las notitas que en la escuela uno se intercambiaba de una banca a otra con las mejores amigas o esas que mandaban los pretendientes en los años sin Internet, en los tiempos de menos stalkeo y más valentía.

Esa mañana, antes de comenzar mi tarea de niñera con la bebe de los ojos grandes, había visto una película de amor en la que dos desconocidos soñaban el uno con el otro por siete días hasta que finalmente se conocían.

Como era de esperarse, obedecieron y entendieron las claras señales del destino. El guión tenía todos los clichés de película de amor, los tenía todos. Y lo digo yo que crecí viendo telenovelas mexicanas y películas románticas de un dólar que comprábamos en familia los fines de semana en Sauces.

Así que cuando vi el papel,  romántica como yo sola, pensé que podría ser una nota de amor. Una declaración de amor que  se le cayó a algún desafortunado, un verso romántico o un nombre, una señal de que el amor como me lo han vendido por tantos años podría llegar enrollado en un pedazo de papel en medio del pasto.

Me agaché con cuidado para que no se  me vea el calzón. Llevaba ese vestido tan bonito que usé en uno de los peores días de mi vida y que, aunque me trae malos recuerdos, no dejo de usar porque de verdad pienso que me luce muy bonito.

Solté un instante la mano de la bebé de ojos grises y levanté el papel. Era blanco, a cuadros, y estaba muy bien enrollado. No era muy grande, pero hay poemas chiquito, pensé.

Volví a agarrar la mano de la bebé ojona.

Despacito, en segundos, se abría el rollito entre mis dedos y me mostraba eso que como buena solterona sé, pero que olvido a veces: que todos los dólares en películas cliché habían sido malgastados y que las producciones de Televisa me mintieron la vida entera.

Todo fue tan rápido. Como cuando esperas con ansias los resultados de un sorteo y escuchas el número o el nombre de otra persona. La esperanza se muere en un segundo y lo asimilas: perdiste.

El papel se abrió y aunque no tenía una sola letra, tampoco estaba vacío.

Mi nota de amor imaginaria era el contenedor de un polvo blanco, y yo que nunca en la vida había visto una droga sintética, me agité:  mierda, es cocaína.

Fue instantáneo, solté la mano de la bebé. No puedo ir presa, pensé y miré a todos lados.

La paranoia llegó al nivel de creer que un poco de viento podría hacer que el polvo misterioso le llegara a la nariz a la niña de mirada hermosa. Me muero, me muero mil veces.

Boté el papel y el césped se tragó el polvo. Tomé a la bebé y corrí al departamento.

Veamos Pepa pig, le dije y ella fue feliz.

Los efectos de un ritual

El labial mate lo compré pensando en usarlo el día de su cumpleaños al que finalmente nunca fui. Pero meses después me decoraba los labios con ese color lila.

Ese día, frente al espejo, las pestañas se fueron volviendo más gruesas mientras las cerdas del cepillo del rímel las acariciaban. La línea negra sobre el párpado volvía los ojos más grandes y la brocha empolvada de blush recorría las mejillas para que se vieran más contentas. La mata de cabello negro se dejaba trenzar del lado izquierdo del hombro mientras caía sobre el busto.

Cuenta la leyenda que cuando me maquillo y además mi cabello luce  radiante, justamente ese día, él y yo no nos veíamos.

Siempre que iba a clases mamarracha y hasta sin bañarme, sucedía que él se me acercaba, me hablaba o se sentaba cerca. Así que una amiga  y yo llegamos a la conclusión de que para verlo tenía que ir a clases talco (tal como me levanté).

Pero no, yo soy necia.Tenía el presentimiento de que ese día lo vería, y emprendí la operación: “vamo’ a ponernos lindas”.

Y nada que apareció, se acabó la jornada y nada de nada. Él andaba desaparecido y yo sintiendo que me había producido en vano.

Ya de regreso a casa, en la metrovía, sucedió que el ritual frente al espejo surtió efecto en desconocidos.

Cada vez que un rapero sube al bus prometiendo un número de improvisación me llegaba una especie de tensión, porque me  apena cuando no les salen las rimas, ¿qué cosa hay más incómoda que la vergüenza ajena que produce un mal show?

Pero este chico no lo hacía mal.Yo solo lo escuchaba, pero como soy chiquita no alcanzaba a verlo desde atrás, hasta que me llegó el turno de bajar. Entonces tuve que abrirme paso entre la gente hacia la puerta de salida, en donde el rapero cantaba.

Avancé como si fuera a subirme a la tarima de un concierto y aparecí frente a él. Él se quedó callado y brió los ojos sonriendo, como sorprendido. Levantó una ceja  y de repente me cantó. Según él, las rimas eran por ser tan linda: “La morena más linda que había visto”.

No me gusta el rap, pero qué más da. A mí que nunca me habían compuesto una canción, y solo atiné a pensar: ay, desaparecido, otros me cantan mientras tú no estás.

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Descansa en paz, Robert

Una tarde, la Asociación de Municipalidades convocó a una rueda de prensa en Guayaquil y yo fui como periodista de El Comercio. Cuando llegué me encontré con Robert Salazar.

Nos habíamos conocido hace un tiempo cuando yo trabajaba en El Universo y esa tarde, cuando nos encontramos, Robert me saludó con su sonrisa bonita y amable, me preguntó cómo estaba y aprovechó para decirme que leía a Amelia, la loca. Me felicitó por los posts y yo le sonreí.

Fuimos compañeros un rato corto en ese diario,  pero no hacía falta demasiado tiempo para darse cuenta que, como dicen todos los que lo conocieron mucho o poco: Robert era un buen chico, bien amable, caía súper bien apenas se lo trataba. Robert era de sangre liviana, lindo ser humano. Además hacía lo que amaba y lo hacía bien.

Qué horrible fue leer hoy que lo mataron por robarle un celular. “¿Y eso común eso en Ecuador?”, me preguntó un compañero acá, en Chile. Qué desgracia haber tenido que responderle que sí.

No es percepción la inseguridad. Sí, en Guayaquil te matan por robarte una vaina cualquiera como un celular.

Se me hace horrible imaginar el dolor de su mami. Uno a duras penas puede intentar imaginarse una cosa tan espantosa sin que el corazón se sienta arrugadito.

Sus amigas súper cercanas, Gaby, Blanki, Ceci, Analía, tantas, que sé que lo querían tanto deben estar devastadas.

Me parece mentira todavía.

Los periodistas en Ecuador hace rato que aguantamos malos tratos y menosprecio por esta polarización en la que nos ha sumido la política, dicen que Robert siempre soñó con estar en esa sección, política, y ahí estaba.

Esa tarde en la rueda de prensa de la Asociación de Municipalidades, Robert citó en un tuit a uno de los políticos que dijo una huev*da. Entonces lo empezaron a llamar y a presionar para que borre los tuits, con el paro de que el político no había dicho eso que sí dijo.

Robert, obvio, no borró los tuits. “No pueden jugar con el nombre de los periodistas. Si lo dijeron, absténganse a las consecuencias”, me dijo.

La pérdida por eso es doble. Se pierde el ser humano lindo que tanta gente quería y se pierde el buen periodista de diario que iba a llegar súper lejos, que hacía periodismo honesto y bien hecho.

Para Amelia fue un honor conocerlo.

Desde este espacio le mando muchos cariños hasta el cielo, que descanse en paz.

#JusticiaParaRobertSalazar

 

 

 

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¿Cómo estás?

Es extraño. Hoy amanecí con ganas de ser una estrella. De ser una hoja con forma de estrella que cuelga de un árbol plantado en algún pedazo de suelo silencioso.

Si tengo que existir, quiero existir como eso. Ser parte de un árbol anónimo y que todos los días me mueva el viento, o me acaricie. Ser una estrella, una hoja en forma de estrella y no pensar, que no me pregunten, que no esperen de mí respuestas.

Solo estar, simple y escondida entre otras hojas con forma de estrella, entre un millón más.

Eso nada más, si me preguntas hoy “¿cómo estás?”.

 

 

 

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Mañana

 

Mañana serás mi melodía

Te cantaré y te daré gracias, vida

Me soñarás, mañana

Me extrañarás

Te dibujaré y te amaré, ensueño

Me soñarás, mañana

Me abrazarás

Mañana, alma mía, me mirarás

Mañana será un día más. ¿Regresarás?

Te amaré de nuevo mañana

Pedazo de alma mía, mañana, siempre y un poco más

 

 

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Gálvez y el Independiente del Valle

Noche de viernes en Santiago.  En una reunión de amigos las copas de pisco y vino iban y venían. Uno de los amigos chilenos se tomó casi todas.

En Chile la gente no se emborracha, se ‘cura’. Y mientras avanzó la noche este weón, ‘curado’, pasó de las risas al llanto. Lloraba porque alguien le mostró el video del partido en el que su equipo de fútbol ganó el campeonato nacional, luego de cinco años de sequía.

Lloraba de alegría, lloraba de recordar, porque recordar, aunque borracho, es volver a vivir.

Alguna vez sentí una pequeña envidia de esa ciega pasión que le brinda tantas alegrías a la gente que es hincha de algún equipo, yo no milito en ninguno. Nunca lloraré por ese tipo de amor a unos colores y a una camiseta.

Pero agradezco al Independiente del Valle, que aunque no me ha hecho llorar, me ha hecho emocionar. Me dio mucho gusto ver que un equipo chiquito de un país chiquito jugara bien y llegara a la final de la Copa Libertadores. No sé los nombres de jugadores, no he seguido su trayectoria y solo identifico hace muy poco el apellido del técnico.

¿Será que soy novelera?, pensé. Luego me di cuenta que no. Es que uno siempre se identifica con el underdog. 

Este raro término anglosajón: underdog no tiene traducción al español y lo usan para referirse al débil que nadie espera ver triunfar sobre el fuerte. Es  David venciendo a Goliat. Es el Independiente anotándole cinco goles a Boca y pasando a la final.

El underdog es de los recursos favoritos del cine. ¿No amamos los losers personajes débiles que al final triunfan y viven happily ever after?

Por eso nos da gusto ver que a nuestro underdog de Sangolquí le vaya bien. Es que nos cae bien el Independiente porque donó la taquilla de sus partidos a los damnificados por el terremoto en Ecuador; nos cae bien porque no tiene hinchas cojudos que forman barras bravas en los estadios que terminan en enfrentamientos violentos si el equipo pierde.

La falla es que en medio de esta fiebre amorosa por el Independiente, que hace quedar bien a Ecuador en un torneo internacional, aparezca en redes sociales y medios locales un tal Carlos Gálvez. Le atribuyen al tipo, periodista, un audio que circula en Internet en el que se escucha una voz que dice no identificarse con el Independiente por considerarlo un equipo de  “indios hediondos a ñoña”.

Ya, pensándolo bien. Qué importa quién lo dijo, qué importa quién es Carlos Gálvez. La verdadera falla es que no necesito audios para saber que hay más ecuatorianos como ese man. Él no es el único. Cuántas veces no escuché a mis compañeros periodistas o fotógrafos costeños referirse a los colegas de la sierra como “indios”.

Cuántas veces no escuché a una persona de la sierra tildar de “india” a otra persona de la sierra por tener la piel más oscura o por llevar un apellido de herencia indígena.

Pretender insultar a alguien usando como recurso un origen es deprimente si lo hace un periodista, un albañil, una secretaria o quien sea. ¡Estamos en el 2016, little Hitlers!

Señor que habla en el audio y sus semejantes:  Sangolquí está en la sierra ecuatoriana, no en la India. No se dice indio, se dice indígena (si es que necesitan referirse a algún hincha perteneciente a una de las nacionalidades indígenas). El 7% de la población en Ecuador es indígena, o sea, son casi un millón, según la Cepal. Se los aclaro, para que no hablen ñoña.

Es deplorable saber que en mi Ecuador andan personas por ahí siendo una oda a Donald Trump.

Pero es bacansísimo que un equipo de Ecuador esté en la final y que cada vez nos indigne más la estupidez de esos que piensan como el menso que grabó el audio antes mencionado. Ya, mejor no sigo porque me amargo.

¡Agrio, hornado, el Independiente es un tornado!

Chao.

 

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Él

Capítulo I

Dos familias se juntaron ese fin de semana, era un paseo campestre a Colimes, pueblo chico no tan lejano de Guayaquil: la comida típica de carretera,la finca, el calor, los mosquitos, los árboles frutales y el río, todo incluido.

Esa frase trillada de que uno nunca imagina algo es tan aplicable en la vida que no debería censurarse en los buenos relatos.

La música bailable amenizaba el día y las dos familias se bañaban en el río hasta que alguien comenzó a gritar: ¡Se ahoga, se ahoga!

Morir ahogado en un río. Eso seguro que quien va a nadar no se lo imagina, ¿sino para qué iría?

Un hombre con pantaloneta negra corrió apenas se escucharon los gritos y las voces de chismosos desesperados que ven y no hacen nada. Fue como si no vio que las  aguas estaban caudalosas y solo corrió, solo se lanzó, solo nadó.

Es que no era tan alto, es que no era ni tan musculoso, es que ni conocía a la víctima que pataleaba en el fondo del agua para no morir ahogada.

Capítulo II

En Guayaquil uno aprende que cuando le roban el celular no es porque el Gobierno no ha diseñado planes adecuados de seguridad o porque la sociedad desigual empuja a grupos vulnerables. No. En Guayaquil te roban por cojudo, porque sacaste el celular mientras caminabas en una calle solitaria o en el bus  y diste papaya.

Esa tarde una joven dio papaya. Sus gritos se escucharon hasta dentro de algunas casas  de la calle en la que la asaltaron. ¡Ladrón, ladrón!

Un hombre ataviado en camisa y pantalón de tela, como recién salido de una oficina, escuchó esos gritos antes de entrar a su casa y corrió detrás del ladrón. Como si un celular valiera lo mismo que una vida.

Fue como si no le importara que el delincuente estuviera armado, fue como si conociera a la niña que gritaba, fue como si le hubieran pedido que lo hiciera.

Capítulo III

Domingo en la noche y una mujer recién recuerda que su  hijo debía llevar “zancos” a la escuela al día siguiente.

¿Cómo que zancos? ¿Para qué?

Bueno, eso decía en la hoja del cuaderno del niño de 8 años.

El hombre, vestido con pantaloneta y un bividí, se las arregló para armar unos zancos: palos de madera, clavos, envases metálicos vacíos, cansancio, ingenio y voilà.

El lunes en la tarde el niño regresó de la escuela con la noticia de que no han sido zancos los que pedían, han sido sacos para jugar a las carreras de ensacados.

Aquí, señores, cabe un inmenso: JAJAJAJA.

 

Capítulo IV

El salvavidas en el río de Colimes no era salvavidas. El hombre con su traje de oficina que corrió detrás de un ladrón no era policía. El señor que fabrica zancos un domingo por la noche no era MacGyver.

Se llama Héctor Oswaldo, pero pueden llamarlo héroe.

Siempre dice que nació en el Panecillo y odia caminar en los centros comerciales.

Desde que lo recuerdo tiene un lindo mechón de canas y  es el único hombre que me ama lo suficiente como para tatuarse mi nombre en el brazo.

La única comida que le gusta es la de su mami y no sabemos por qué no le gustan los cumpleaños, pero igual se los festejamos.

Lamento no haber heredado su buen gusto para combinar la ropa, pero sé que mi elocuencia viene de él, igual que el color de mi piel.

Yo soy su negra, él es mi vida.

Feliz día, papi.

 

 

 

 

 

 

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